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Los brujos danzantes

El mítico Ccarccaria celebró 31 años de carrera. Lo hizo con un espectáculo al que denominó, no con poca pompa, “Concurso Nacional de Danzantes de Tijeras”. Un arte que se va adecuando a la ciudad.

Por Roxabel Ramón.

 Los catorce competidores seleccionados por él mismo para el concurso “nacional” de danzantes de tijeras son todos huancavelicanos, paisanos suyos. Pero nadie denuncia la falsa publicidad. El nombre, Ccarcaria (incestuoso), serigrafiado en banderolas de colores, que hoy domingo penden de postes aledaños al Complejo Acobamba, es suficiente garantía de calidad. No por gusto Damián De la Cruz ha recorrido Europa, Asia, Sudamérica y Estados Unidos conquistando plazas y teatros con su danza mágica.

 

Pasadas las 2 p.m. el coso del Acobamba desborda de gente, pero afuera la cola alcanza varias cuadras de la calle Húsares de Junín, en el K.m. 6 ½ de la carretera Central. Familias enteras han transpuesto la ciudad, desde extremos como Puente Piedra o Tablada de Lurín, para juzgar la lucha de los tusuk laycca (brujos danzantes) en la fiesta del brujo mayor.

 

Danza mayor

Alineados al centro del ruedo, los danzantes inauguran los sobresaltos de la tarde con lo más inocuo de su repertorio. Giran sobre sus cabezas y hacen piruetas todavía inofensivas, mientras el locutor los va presentando: ¡Chico Lucifer, el diablo de Angaray! ¡Kichcamicu, el que come espinas! ¡Aguaruna, el temor de la selva central! ¡Mana allin, el enfermo! ¡Diluvio!.. ¡Supaycha!.. ¡Meteoro! Los nombres no han cambiado mucho desde el siglo XVI y algunos estudiosos que relacionan la danza al movimiento revolucionario Taky Onqoy, creen que los antiguos layccas los concibieron como una provocación a los extirpadores de idolatrías.

 

Pero Ccarccaria lo explica mejor: “Nosotros teníamos nuestros dioses andinos y los españoles nos dijeron que esos eran demonios, entonces como el supay (diablo andino) no era ni bueno ni malo, dijimos ya pues, entonces adoraremos demonios. Pero en el fondo nunca hemos dejado de adorar a nuestros dioses, aunque nos cortaran la lengua con cuchillos”. Según Ccarccaria, los danzantes suelen atravesarse la piel con cuchillos para redimir a su pueblo de ese sufrimiento. “Y si comemos ranas y culebras es para que la comunidad no tenga que buscar esos animales como alimento, para que no haya sequía ni hambruna”, explica.

 

“Mi abuelo, que era sacerdote o brujo muy respetado en Huancavelica, iba al cerro a hacer sus pagos y el cerro le daba poder. Cuando robaban el ganado a alguien, él señalaba quién había sido. Mi abuelo curaba enfermos y era danzante con el nombre de Relojcha (porque hacía un número como reloj). Mi padre no salió danzante ni brujo. Solo aprendió a tocar violín para enamorar a mi mamá que era guiadora (danzante mujer). Mi hijo de 16 años tampoco salió danzante. Yo tengo que esperar a mi primer nieto varón para enseñarle. La herencia es cada dos generaciones”.

 

La voz serena de Ccarccaria no puede competir más con el amplificador, que a su vez ahoga los sonidos melodiosos de arpas y violines. Ya empezó el hapinakuy (competencia) y Meteroro baila sobre las puntas de sus zapatillas Súper Reno el contrapunto conocido como patara. Luego, en el salto del tuco (búho), pieza en la que los danzantes repliegan las piernas y vuelan por los aires con los brazos extendidos, Rey Ulises de 18 años y Diluvio, de 23, superan a todos sus rivales. Se sabe porque la gente les adelanta los aplausos. En ningún momento los galas (como se llama a los danzantes huancavelicanos) dejan de tañer sus tijeras. “Si lo hicieran, perderían su energía”, dice Ccarccaria.

 

Ccarccaria explica que el contrapunto tiene 150 tonadas, una por ronda, pero hoy es preciso reducir las rondas a ocho, debido al tiempo mezquino de que disponemos los citadinos. Entre las piezas omitidas está el sara iscuy (desgranar maíz), imprescindible en Huancavelica, Ayacucho y Apurímac, pero demasiado lenta para la ciudad. “Allá se danza una semana entera para propiciar buenas cosechas; en Lima solo una tarde para complacer al público”, lamenta el danzante.

 

Cuando llega la ronda del Wañuy unccuy (muerte de la enfermedad), ya se han perfilado los ganadores. Solo cuatro serán elegidos para ejecutar las pruebas de valor y el mejor se llevará el único premio del concurso: mil dólares. Kichcamicu, con 36 años es el más viejo del grupo y el único gordo, por eso su vuelo resulta inverosímil. Kichcamicu parece dispuesto a todo por pasar a la final. Ahora hace lo que nadie se hubiera atrevido a hacer: mete la cabeza en un hueco lleno de barro. La acción parece una gracia más, pero sus compañeros lo miran atónitos. Según un arpista que reprueba al danzante, se trata de uno de los huecos que diez de los galas, incluido Kichcamicu, cavaron la medianoche anterior para pagar a la tierra del recinto y pedirle su energía.

 

Kichcamicu ha cometido un sacrilegio y, si hasta ahora el contrapunto consistía en mejorar la hazaña del predecesor, nadie pensaría en imitarlo. Nadie excepto Diluvio. Diluvio no aprendió la danza a través de un maestro sino viendo cintas de VHS y, últimamente, revisando el youtube. Está entre los jóvenes que han desligado la danza de tijeras de su espiritualidad y que anoche no se presentaron al pago, desoyendo los consejos de Ccarccaria. Diluvio imita y supera a Kichcamicu en ese acto y vuelve a hacerlo en la temeraria caída de espaldas (wasa sajtay), dolorosa hazaña de la última ronda, a la que también se conoce como “hagan-lo-que-puedan”.

Finalizada la elección, Ccarccaria opina que el público ha sido justo. “Rey Ulises es sin duda el danzante de mejor técnica. Solo Diluvio puede competirle en danza y por eso han pasado los dos. Mana allin ha clasificado por sus pasos duros, eso le gusta a la gente, y Kichcamicu pasó porque hizo reír a todos y porque es bueno también”. Los que no clasificaron abandonan el ruedo con caras largas. Algunos recibieron absoluto silencio cuando el animador pidió los aplausos-veredicto.

 Pruebas de valor

La prueba final empieza luego de un intermedio con corrida de toro andina, es decir, sin la muerte del toro y, más bien, con la ridiculización del torero. Ha caído la noche en Ate Vitarte y se ha cambiado el escenario de la danza. Una cancha de fútbol reemplaza ahora a las tribunas del coliseo y un estrado con piso de parquet es el nuevo espacio para la lucha.

 

Las pruebas de valor pueden ser de magia (pasta) o de fakirismo. Las primeras han caído en desuso debido a la demanda urbana de espectacularidad. Y Rey Ulises es el único que arriesga su elección, quemando papeles de colores y tragando las cenizas para luego jalar de su boca uno 30 metros de serpentina. Mana Allin provoca más reacciones introduciéndose por la boca una larga espada, pero al sacarla escupe un poco de sangre y eso le resta credibilidad. Kichcamicu que vuelve a caer de espaldas sobre la cancha de fútbol, come ranas vivas, incendia su cabello, se prende un alicate en la nariz y da vueltas a un muchacho sujetándolo con la boca, tiene ganado el favor de los votantes, pero lo echa todo a perder en su último acto. Por no entender las ambigüedades de la susceptibilidad migrante.

 

El desacertado “acto de fondo” de Kichacamicu consiste en tragar una serpiente viva. Diluvio, casi su sombra, comprende enseguida la lección y en lugar de provocar el sufrimiento ajeno, se lo auto inflige: clava un alambre a su lengua y con el extremo del metal sujeta un arpa. El instrumento se eleva y la lengua de Diluvio lo suspende en el aire por unos segundos. Para rematar, el joven danzante se atraviesa los labios con dos cuchillos de cocina. Diluvio resulta el inobjetable vencedor. Pero Ccaccaria propone repartir el premio entre los cuatro galas, en proporciones justas. Todos se muestran de acuerdo.

 

Al final del domingo, el registro de ventas dio cuenta de 6800 asistentes, a 15 soles la entrada. “Ha superado mis cálculos “dice Ccarccaria- pero casi todo lo recaudado irá al pago del local y de los artistas. “Ese poquito de ganancia lo guardaré para mi vejez”. Lo dice como disculpándose, con un poco de vergüenza, como si capitalizar la danza fuera un delito.

Ccarcaria y sus pares Qori Sisicha de Ayacucho y Quesquento de Apurímac quieren difundir una danza de tijeras ligada a la espiritualidad andina. Hace cuatro años dictaron un taller gratuito en el Museo de la Nación. Se inscribieron varios universitarios hijos de migrantes, algunos actores y un ‘gringo’ alemán, pero el museo canceló el convenio en el mejor momento. Desde entonces los tres sueñan con La casa del danzante. Por ahora el gala Ccarccaria y el dansaq Qori Sisicha están ilusionados con el programa sobre sus vidas que han ayudado a grabar, doblando a sus respectivos intérpretes: Gerardo Zamora y Pold Gastello, y que el canal 2 lanzará en julio de este año.

 

 

 

 

 

Los nietos del árbol

Es sábado en las desoladas calles de Ataura, un pueblto que emerge entre cultivos de maíz y alcachofa, en la margen izquierda del camino Jauja-Huancayo. Desde temprano los ataurinos han partido hacia las distintas ferias del valle del Mantaro para ofrecer sus hortalizas. Por eso este mediodía, en la antigua plaza de armas del pueblo, se oye solo silencios lejanos: altos eucaliptos batidos por el viento, el río que discurre caudaloso sobre piedras blancas, traqueteos de motor que se aproximan y se alejan por la carretera. Pero algo inquietante empieza a latir en el aire.

 Por una radio local llega, tardía, la noticia de un temblor en Lima, y mientras busco el teléfono comunal, crece ese sonido palpitante y a él se suman ruidos como mugidos destemplados. De pronto, unas quince personas, envueltas en mantas coloridas y cargadas con flores y con extraños instrumentos musicales, como tinyas (tambores) y cachos de toro, irrumpen en la pequeña plaza de Ataura.

 Se trata de la Hermandad Espiritual de Jauja, una comunidad que, a través de rituales y del registro de mitos y costumbres ancestrales, busca recuperar la identidad de su región y la armonía entre el hombre y la naturaleza. La fraternidad es liderada por Luis Rosado, el joven Paco Misayoq de la zona central. El título no es una pretensión. Le fue impuesto por la Hermandad del Cusco en 2001, en una ceremonia celebrada de noche al pie del nevado Pariaccaca, en el límite entre Lima y Junín.

 “Te hemos estado observando durante un año”, le explicó el Willac Uma (máximo sacerdote del Tahuantinsuyo) al pintor jaujino de 30 años. Ahora Luis camina con expresión solemne, seguido de cerca por su breve séquito. El grupo se dirige a las afueras de Ataura para celebrar un ritual llamado Sacha Raymi. A su paso, algunos pobladores saludan con tímidos ademanes y lanzan miradas que se debaten entre el escepticismo y la admiración.

 Luis Rosado podría pasar por un inca reencarnado, si su vestido y su capa no fuesen de terciopelo y sus orejeras no estuvieran forradas con papel dorado. En su grupo, algunos van ataviados con vistosos tejidos cusqueños y otros llevan ponchos blancos propios de la costa norte. El Sacha Raymi, adelantan, no es un ‘pagapu’ porque a la naturaleza no se le paga. Es una ofrenda.

 En el año andino hay cuatro fiestas principales: la fiesta del Inti Raymi en el solsticio de invierno y la del Cápac Raymi en el solsticio de verano. En los equinoccios, del 21 al 24 de setiembre, cuando inician las lluvias se realiza el Jocha Raymi o fiesta al agua, y entre el 21 y 24 de marzo se hace el Sacha Raymi o fiesta de las plantas, pero este año se postergó para no ser trastocado por la Semana Santa.

 SACHA RAYMI

 Por un largo camino de barro, sorteando en silencio chacras y ganado, llegamos al lugar elegido. Allí, al pie de un cerro, se yergue un árbol grueso y añejo. La hermana Ataura (una mujer que se llama como el pueblo) acomoda en el suelo sus baldes con chicha de jora y da la bienvenida. Suenan los pututos y todos los participantes colocan sus ofrendas sobre una manta. Cigarros Inca, quintus de coca, granos de maíz, panes wawa, frutas traídas de la selva. Nicolás Martínez, uno de los hermanos más antiguos, se encarga de solicitar el permiso en quechua. “Abuelo árbol, permiso para subir en tus espaldas, arrancar tus hojas secas y adornarte con las cintas que hemos traído y que representan la unión entre el hombre y los apus”, traduce luego para el resto.

 Los más jóvenes trepan el árbol y lo engalanan con pasadores de colores encendidos, mientras uno de los hermanos marca el perímetro rayando una piedra blanca. Los músicos que incomprensiblemente permanecen fuera del círculo blanco, como excomulgados, ejecutan melodías de ritual. Alrededor del árbol, otros dos hermanos cavan hoyos en los que más tarde depositarán sus ofrendas. El resto de participantes hemos extendido ambas manos para recibir un puñado de hojas de coca, que Nicolás nos enseña a ‘miskitar’: “No se muerde, se succiona nomás”.

 El Paco Misayoq enciende la fogata y pide silencio. “Para que podamos volver a nuestros caminos ancestrales, estamos tomados de la mano naturaleza y hombres”. Su mirada se extravía en el cielo por unos segundos, entonces se emociona y con voz debilitada prosigue: “Tayta Inti, Pachamama, Mamapara, toma con cariño cada cosa que con respeto te hemos traído. Te elegimos a ti, padre árbol para unirnos con todas las plantas y volver a vivir en armonía con la naturaleza, como hacían nuestros ancestros hace quinientos años”.

 Las ofrendas se introducen en los hoyos y se cubren con tierra. El Paco Misayoq anuncia que tres de los participantes, los más constantes, serán iniciados como miembros oficiales de la hermandad. Son dos hombres de poncho blanco y la hermana María. El sacerdote andino vacía el agua de una botellita sobre sus cabezas mientras suenan otra vez los pututos. Al resto nos llama, uno por uno, para colgarnos un collar hecho con las cintas de colores. “¡Estamos tratando de recuperar nuestra herencia! ¡Que hoy sea un día de fiesta por habernos encontrado!, finaliza el Paco la ceremonia y pide que todos gritemos la palabra de alegría: ¡Haylly! ¡Haylly! ¡Haylly! (Por Roxabel Ramón).